Café Pessoa
Por: Miguel Ángel Avilés
“Política del odio”
Terminó la Copa del Mundo y, entre la euforia y el cansancio de varias semanas de futbol, me quedé pensando en algo que poco tenía que ver con los resultados.
México vivió días de entusiasmo pocas veces vistos. De las dieciséis sedes mundialistas, Guadalajara y la Ciudad de México destacaron por la creatividad y la intensidad de sus celebraciones. La emoción fue creciendo partido tras partido hasta desbordar las calles de la capital: de cuatrocientas mil personas reunidas para celebrar una victoria, se pasó a cerca de un millón durante el triunfo frente a Ecuador. Aquella fiesta también dejó una tragedia: cuatro personas murieron por asfixia. Incluso cuando ganamos, parece que algo tiene que romperse.
Pero hubo otro contraste que me llamó mucho más la atención.
El Mundial reunió a algunos de los futbolistas más importantes de nuestra época: Lionel Messi, Cristiano Ronaldo, Harry Kane, Kylian Mbappé y Erling Haaland, entre otros. Sin embargo, toda la conversación terminó concentrándose en Messi y Cristiano, ambos disputando su sexta Copa del Mundo. Una eventual final entre Argentina y Portugal habría sido un negocio perfecto para la FIFA.
Hasta ahí, todo forma parte del deporte.
Lo preocupante comenzó cuando la rivalidad dejó la cancha y se trasladó a las redes sociales. Ya no se discutía quién jugaba mejor, quién había tenido una mejor carrera o qué selección había hecho mejor torneo. Se trataba de humillar al otro.
Durante semanas circularon cientos de videos, memes y montajes que insinuaban una relación amorosa o de complicidad entre Lionel Messi y Gianni Infantino. En ellos aparecía Messi vestido de rosa, pidiendo penales, tarjetas rojas o favores arbitrales para llegar hasta la final. El chiste dejó de ser un chiste.
Se convirtió en odio.
“Sin Infantino, Messi no habría ganado nada”. “Enano de mierda”. “Le dieron hormonas para que creciera”. “Pecho frío”. La lista era interminable.
Lo que me sorprendió no fue la creatividad de los insultos, sino la facilidad con la que miles de personas estuvieron dispuestas a borrar más de veinte años de trayectoria deportiva para sustituirlos por una teoría conspirativa.
No hacía falta demostrar nada. Bastaba repetirlo.
En eso consiste buena parte de la política contemporánea del odio: sustituir los hechos por emociones y las pruebas por consignas. El adversario deja de ser alguien con quien se puede discrepar y se convierte en alguien a quien hay que desacreditar por completo.
No ocurre solamente en el futbol.
Lo vemos en la política, donde la descalificación suele importar más que las propuestas. Lo vemos en las calles, entre automovilistas incapaces de ceder el paso; en el transporte público; en un restaurante; en la fila de cualquier oficina donde una diferencia mínima basta para convertir al otro en enemigo.
Byung-Chul Han, Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2025, advertía que “el respeto es el pegamento que mantiene unida a la sociedad”. También sostiene que el deterioro del respeto no es un fenómeno aislado, sino el resultado de una cultura que privilegia la competencia permanente sobre el reconocimiento del otro.
Octavio Paz escribió que “toda cultura nace de la mezcla, del encuentro, de la comunicación”. El odio hace exactamente lo contrario: rompe el diálogo y convierte cualquier diferencia en una batalla moral.
Por eso no deja de aparecer la misma pregunta en distintos medios: ¿por qué tanto odio hacia Messi? Las respuestas son diversas. Algunos hablan de rivalidades deportivas; otros, de factores políticos, nacionales o incluso raciales. Probablemente todas esas explicaciones tengan algo de verdad.
Pero el problema va más allá de un futbolista.
En algún momento del Mundial dejamos de hablar de futbol para hablar de conspiraciones, traiciones e identidades enfrentadas. El deporte fue apenas el escenario; el verdadero espectáculo fue nuestra necesidad de encontrar culpables.
El torneo también dejó otras lecciones.
Quedó demostrada, una vez más, la enorme capacidad de los mexicanos para organizarnos cuando compartimos una emoción. Salimos a las calles tanto para llorar una tragedia como para celebrar una victoria. Lo difícil sigue siendo construir esa misma comunidad en la vida cotidiana.
También quedó dañada la credibilidad de la FIFA. Más allá de que sus oficinas estén en Suiza y de la imagen de institucionalidad que intenta proyectar, el Mundial confirmó hasta qué punto el futbol se ha convertido en un gigantesco negocio. Y dentro de cuatro años la lógica comercial será todavía mayor: seis países como sede y sesenta y cuatro selecciones compitiendo.
Mientras miles de personas exigían cárcel para Messi por una entrada sobre Aïssa Mandi, jugador de Argelia, pasó casi inadvertido un hecho mucho más grave para la integridad deportiva: la anulación de la tarjeta roja mostrada a Folarin Balogun durante el encuentro entre Estados Unidos y Bosnia-Herzegovina, luego de que Donald Trump solicitara directamente a Gianni Infantino revisar la decisión. Si el poder político puede modificar una sanción disciplinaria en pleno torneo, el precedente es mucho más preocupante que cualquier polémica arbitral.
Quizá ese sea el verdadero balance del Mundial.
No sólo vimos futbol. Vimos una sociedad cada vez más acostumbrada a la descalificación inmediata, más cómoda con el insulto que con el argumento y más dispuesta a creer aquello que confirma sus prejuicios.
El odio necesita muy pocas pruebas para expandirse. El respeto, en cambio, exige pensamiento, paciencia y una voluntad constante de reconocer al otro.
Tal vez por eso resulte cada vez más escaso.
