Café Pessoa
Por: Miguel Ángel Avilés
“El otro futbol”
El 29 de enero de 2020 fue un día significativo para el futbol mexicano. En Guadalajara se presentó oficialmente la Asociación Nacional de Balompié Mexicano (ANBM) y, con ella, el proyecto de la Liga de Balompié Mexicano (LBM).
La propuesta parecía sencilla y, al mismo tiempo, ambiciosa: crear una nueva liga de futbol profesional o semiprofesional que ofreciera una alternativa laboral, económica y deportiva para jugadores, entrenadores, árbitros y directivos. Pero también pretendía llevar futbol organizado a ciudades y regiones que no contaban con una institución dentro de las principales categorías del futbol mexicano.
“Todo inició con un sueño, un sueño de oportunidades, un sueño valiente y comprometido. Todos los que estamos reunidos tenemos un denominador común: la pasión por el futbol. Lo hacemos desde niños. Muchos de manera profesional. Hemos gozado y llorado”, señaló en aquella presentación Víctor Manuel Montiel, presidente del Consejo de la ANBM.
La idea, dijo, era ofrecer una nueva oportunidad de desarrollo profesional a jugadores, entrenadores, directivos, árbitros y anunciantes.
Sobre el papel, parecía una buena idea.
Entre las primeras ciudades consideradas como sedes estuvieron Ensenada, Acapulco, Manzanillo, Puerto Vallarta, Oaxaca, Ciudad de México, Colima, Sayula, Tepic y Chapala. En la presentación también estuvieron exfutbolistas profesionales como Ramón Morales, Rodrigo “El Pony” Ruiz y Matías Vuoso.
La noticia tuvo una buena recepción y el proyecto comenzó a tomar forma.
El 22 de febrero se celebró la primera asamblea de equipos de la LBM y se confirmó la participación de 19 clubes. Entre ellos estaban Atlético Veracruz, Chapulineros de Oaxaca, Furia Roja FC, Industriales de Naucalpan, Jaguares Jalisco, Leones Dorados, Morelos FC, Neza FC, Atlético Jalisco, Lobos Zacatepec, Acapulco FC, Acaxees de Durango, Club Veracruzano de Fútbol Tiburón, Los Cabos Fútbol, San José Fútbol Club, Halcones de Zapopan y Atlético Capitalino. Faisanes FC y Atlético Ensenada también habían formado parte del proyecto inicial, aunque finalmente no comenzaron la temporada.
El calendario original contemplaba que la competición comenzara el 14 de octubre de 2020 y concluyera el 31 de enero de 2021.
Entonces apareció un factor que nadie había contemplado.
La pandemia de COVID-19 alteró prácticamente todas las actividades deportivas, económicas y sociales del mundo. El futbol no fue la excepción.
No sabemos qué habría ocurrido con la Liga de Balompié Mexicano en otras circunstancias. Lo que sí sabemos es que el proyecto tuvo que intentar desarrollarse en medio de un escenario completamente adverso.
El problema no era solamente jugar futbol
Cada uno de los clubes tenía una realidad distinta.
Algunos pretendían llevar el futbol a municipios y ciudades alejadas de los grandes centros deportivos. Furia Roja, por ejemplo, jugó en Jesús María, en la región Altos Sur de Jalisco. Real San José tuvo como sede Yautepec de Zaragoza, Morelos, y contó en su banquillo con Raúl “El Potro” Gutiérrez.
La diversidad geográfica era, al mismo tiempo, una de las fortalezas y uno de los problemas de la liga.
Porque formar un equipo de futbol no significa solamente contratar once jugadores y ponerlos en una cancha, además de la socialización de un club de futbol en determinado lugar.
Un club necesita pagar una nómina. Y no solamente la de los futbolistas.
Hay que pagar al cuerpo técnico, preparadores físicos, médicos, fisioterapeutas, utileros, personal administrativo y, dependiendo de la estructura del equipo, personal de comunicación, comercialización y operaciones.
Después está la cancha.
Hay que pagar la renta del estadio para los partidos, pero también encontrar espacios para entrenar. Hay gastos de mantenimiento, vestidores, seguridad, servicios médicos, hidratación, medicamentos y material deportivo.
Después viene el traslado.
Un equipo que juega fuera de casa necesita autobús o avión, hospedaje, alimentación y viáticos. Y mientras los jugadores están viajando, los gastos continúan.
El futbol profesional es, en buena medida, una industria de costos fijos y variables que deben cubrirse independientemente de que el domingo entren mil aficionados o ninguno.
Jaguares Jalisco, por ejemplo, disputó algunos de sus primeros partidos en el Estadio 3 de Marzo. Eso implicaba cubrir la renta del inmueble y mantener una estructura de nómina, pero los ingresos por taquilla eran insuficientes y los patrocinadores todavía eran escasos.
Ahí apareció uno de los grandes problemas de la LBM: ¿de dónde iba a salir el dinero para sostener a los clubes?
La televisión: mucho más que transmitir partidos
En una liga profesional, los derechos de transmisión pueden convertirse en una pieza fundamental del modelo de negocio.
Una televisora, plataforma de streaming o empresa de contenidos puede pagar por el derecho de transmitir los partidos. A cambio obtiene un producto que puede comercializar mediante publicidad, patrocinios, suscripciones o audiencia.
La liga, por su parte, puede utilizar esos ingresos para financiar su operación y, dependiendo del acuerdo, distribuir una parte entre los clubes.
Pero para vender derechos de transmisión hay que tener un producto atractivo.
No basta con jugar los partidos.
Hay que producirlos.
Se necesitan cámaras, narración, gráficos, repeticiones, señal, personal técnico, redes sociales, estadísticas y una estrategia de contenidos que permita convertir un partido de futbol en un espectáculo audiovisual.
Además, una televisora no solamente compra 90 minutos de futbol. Compra la posibilidad de llegar a una audiencia.
Y ahí estaba otro de los problemas de la LBM: todavía no existía una audiencia consolidada.
El proyecto necesitaba patrocinadores, anunciantes, aficionados, empresarios locales y una estrategia de comunicación que ayudara a construir una marca alrededor de cada club.
La presentación de los uniformes y el balón, el 24 de septiembre de 2020, parecía abrir una posibilidad.
Los uniformes eran proporcionados por Keuka y el balón por Gaser. El evento se realizó en un reconocido hotel de Guadalajara y, al inicio, un back mostraba el logotipo de TV Azteca.
Para quienes estaban dentro del proyecto, aquello podía significar que detrás de la nueva liga comenzaba a construirse una estructura comercial.
Pero esa expectativa no terminó de materializarse.
Un club necesita una ciudad detrás
Uno de los grandes retos de la LBM fue que algunos proyectos deportivos no necesariamente estaban acompañados por una estructura empresarial sólida.
Un club necesita algo más que un propietario que quiera invertir dinero.
Necesita una comunidad.
Necesita aficionados que compren boletos, empresas locales que quieran anunciarse, restaurantes y comercios que quieran patrocinar al equipo, gobiernos municipales que comprendan el impacto deportivo y económico de tener un club, medios de comunicación que cubran sus partidos y una estrategia comercial que permita convertir la afición en ingresos.
La taquilla es solamente una parte del negocio.
Un equipo puede obtener recursos mediante patrocinadores, venta de publicidad en el estadio, derechos de transmisión, venta de productos oficiales, activaciones comerciales, academias, formación de jugadores, experiencias para aficionados y otros acuerdos comerciales.
Pero para que todo eso funcione debe existir una estructura.
Y una estructura cuesta dinero.
La pandemia hizo todavía más complicado construirla.
Los nombres
A pesar de las dificultades, la LBM logró reunir nombres conocidos del futbol mexicano.
En los banquillos aparecieron entrenadores como Raúl “El Potro” Gutiérrez, Lucas Ayala, Juan Pablo “Loco” García y Carlos Reinoso Jr.
También llegaron jugadores con experiencia en el futbol profesional como Alan López, Gregorio Torres, Christian Sánchez —campeón mundial infantil con México—, Saúl Villalobos, Éder Patiño y Carlos “Gullit” Peña.
La presencia de estos nombres demostraba que existía interés por participar en una alternativa al sistema tradicional.
Pero también dejaba una pregunta: ¿era posible construir una competencia sostenible alrededor de esa experiencia?
El futbol no tiene dueño
La idea original de la Liga de Balompié Mexicano tenía un componente que iba más allá de crear otra competencia.
Planteaba que el futbol podía organizarse fuera de las estructuras tradicionales.
En un país donde la Federación Mexicana de Futbol concentra la organización de las principales competencias profesionales y donde durante años el ascenso y descenso fueron una parte fundamental del sistema, la aparición de una nueva liga representaba una ruptura.
La LBM planteaba, al menos en el discurso, que el futbol no tenía un único dueño.
En aquellos años también circularon versiones sobre supuestas presiones de distintos sectores del futbol mexicano para frenar el proyecto. Sin embargo, más allá de esas especulaciones, la liga enfrentaba problemas mucho más concretos: dinero, infraestructura, audiencia, patrocinadores, organización y una pandemia que había golpeado prácticamente todas las actividades económicas.
Tal vez el mayor enemigo de la LBM no estaba afuera.
Quizá estaba en la dificultad de convertir una buena idea deportiva en una empresa sostenible.
La primera temporada
Finalmente, aquella primera temporada histórica de la Liga de Balompié Mexicano terminó con ocho equipos.
La segunda edición también contó con ocho clubes; la tercera tuvo siete; la cuarta, diez; la quinta, doce; y la última, diez.
La reducción y modificación constante del número de participantes reflejaba uno de los principales problemas de la competencia: la dificultad para mantener proyectos deportivos y empresariales durante varios años.
En el terreno deportivo, Chapulineros de Oaxaca consiguió un dominio absoluto y ganó todas las temporadas disputadas. El equipo, propiedad del corporativo MRCI Deportes, terminó adquiriendo también la liga.
La historia de la Liga de Balompié Mexicano puede leerse de muchas maneras.
Como un proyecto que nació en un momento equivocado.
Como un intento por romper con las estructuras tradicionales del futbol mexicano.
Como una oportunidad que no pudo consolidarse.
Pero también como una lección empresarial.
Porque detrás de cada equipo hay mucho más que once jugadores.
Hay nóminas, contratos, impuestos, seguros, médicos, entrenamientos, uniformes, transporte, hospedaje, estadios, árbitros, seguridad, publicidad, comunicación y derechos de transmisión.
Y sobre todo hay una pregunta que cualquier proyecto de futbol debe responder antes de saltar a la cancha:
¿Quién va a pagar por mantenerlo cuando deje de ser una novedad?
El futbol puede comenzar con una pasión.
Pero para sobrevivir necesita convertirse en una estructura.
Y esa estructura necesita aficionados, empresarios, patrocinadores, medios, televisión y, sobre todo, un modelo de negocio capaz de resistir cuando el balón deja de ser suficiente.
