Auster y yo

Opinión

Café Pessoa

Auster y yo

Por: Miguel Ángel Avilés

Esta semana quise ser Paul Auster.
Sin esperarlo, tuve la oportunidad de acercarme un poco más a él. El escritor estadounidense murió el 30 de abril de 2024 y fue una de esas pérdidas que duelen. No porque lo hubiera conocido, sino porque estuve cerca de él a través de sus ideas, sus libros, sus películas, sus conferencias y sus entrevistas.

Leer es, en algún sentido, conversar con quien escribe. Durante años leí y pensé sus ficciones. Ahora acabo de terminar Ciudad de cristal, que junto con Fantasmas y La habitación cerrada conforma La trilogía de Nueva York.

Sentí la necesidad de volver a su obra. Tengo la costumbre —o quizá la obsesión— de agotar a los escritores que me gustan. Desde hace algún tiempo compro todo lo que encuentro de Octavio Paz, Carlos Fuentes, Roberto Bolaño y Paul Auster.

Nunca me consideré un lector de novelas policiacas. Sin embargo, hubo un par de experiencias que me abrieron la puerta a ese territorio. Por un lado, Roberto Bolaño y Los detectives salvajes, además de algunas conversaciones con Diego Enrique Osorno sobre periodismo, poesía y Bolaño. Por otro, las novelas de Georges Simenon.

Pero lo verdaderamente catártico, y que me voló la cabeza, fue la lectura de Historias de fantasmas, de Siri Hustvedt. En ese libro habla sobre Paul Auster y, por momentos, la obra parece escrita a cuatro manos. Siri incorpora textos de Paul, cartas entre ambos y algunos escritos dirigidos a Miles, su nieto.

Mientras escribo estas líneas pienso que, en realidad, estoy redactando una despedida. Pero no estoy seguro de que sea así.

Quizá exista alguna conexión entre ese texto de Leila Guerriero al que regreso una y otra vez —“Habituarse a una hermosa risa humana, a un cuerpo vivo, cuesta muy poco. Dejar partir, en cambio —dominar el arte de perder—, cuesta la vida”— y aquel pasaje de Julian Barnes que suele aparecer en momentos poco oportunos: “Hay una palabra alemana, Sehnsucht, que no tiene equivalente exacto; significa «añoranza de algo».

Tiene connotaciones románticas y místicas. C. S. Lewis la definió como el «inconsolable anhelo» del corazón humano de «no sabemos qué»”.
Quizá esa conexión también esté en lo que leo de Siri.

Quise ser Paul Auster y caminar por las calles de Nueva York. Escribir en una libreta roja. Seguir leyendo poetas franceses. Ensayar sobre la novela histórica. Pensar un poco en Walter Scott. Pero terminé inclinándome por la no ficción: volver a Capote, Carrère, Ernaux, Leila, Barnes.

Corro el riesgo de redundar. De repetir lo que ya escribí en redes sociales, en una libreta o en ese archivo perdido de la computadora que alguna vez quiso convertirse en novela.

Tal vez todo sea un loop y regrese a ese punto. A ese punto exacto desde el que todavía puedo saltar o dejarme caer al hoyo para cambiar el rumbo de la historia.

Quizá nunca quise ser Paul Auster.
Y todo haya sido una confusión, como aquella llamada que recibió Daniel Quinn, cuando buscaban a Paul Auster y él decidió responder que era él.

Quizá lo que viví como Paul Auster nunca ocurrió.
O quizá, como en sus novelas, ocurrió de otra manera.

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